Siempre he estado acostumbrada a que las rosas tengan espinas y mi camino ha sido de rosas bastante pobladas de espinas, tanto que fue imposible para mí oler las rosas hasta hace unos meses. Profundizar en el olor de las rosas resulta muy agradable y junto a mi compañer@ voy descubriendo cada día matices nuevos. Por ello he ido prescindiendo de manera inconsciente, en un principio,de parte de las vendas que tenían esas espinas para que no me pincharan y poder oler las rosas en casi todo su esplendor en todo momento. Hoy de nada han servido ni esas vendas ni el recubrimiento de amor del que disfrutaban las espinas en su lugar. Así que las espinas comenzaron a pinchar, aumentando su intensidad a medida que pasaba el día. Primero hicieron difícil llegar a oler las rosas, luego empezaron a hacer costoso llegar a ellas... para terminar generando un rechazo a querer oler las rosas. Digo de paso que nunca me han gustado las rosas, quizás por eso no las quiera oler ;P. Ahora añoro querer oler las rosas y me apetece terminar con este camino lleno de ellas y de sus espinas.